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Gerardo Chávez, un pintor con ángel

Publicado: 2009-09-18

por Arturo Corcuera

En Trujillo no sólo tuvo origen un importante movimiento literario y político como el grupo Norte con Vallejo, Antenor Orrego, Oscar Imaña, Alcides Spelucín, Víctor Raúl Haya de La Torre, sino también se incubó y dio nacimiento a un grupo de plásticos, entre los que cabe recordar a Macedonio, a Esquerriloff, Alcántara, Azabache, este último discípulo de Sabogal. Y sobre todos ellos, en las últimas décadas, dos figuras notables que ocupan un lugar de honor en la pintura peruana contemporánea: Ángel y Gerardo Chávez, dos estilos, dos personalidades, dos miradas diferentes de encarar el arte, pero que en algún momento tuvieron inquietudes expresivas afines, cuando en su juventud los dos coincidieron en Lima.

Hijos de una familia numerosa (once hermanos), de una pareja que supo amarse por encima de las adversidades: don Pedro Chávez y doña Estela López, ambos de auténtica estirpe norteña. Ángel quedará huérfano a los trece y Gerardo a los cinco, temprana muerte de la madre que poblará de sombras la infancia y obligará, por necesidad de la crianza, a separar a los niños: Ángel se quedará al cuidado de la abuela materna y Gerardo irá a vivir bajo la sombra del padre, en Paiján. Los años que pasaron juntos en Trujillo, mataperreando por pampales y arenales, quedarían borrosos en el recuerdo. Ángel era el octavo hijo y Gerardo el décimo.

Fue en Lima, pasados los angustiosos años de orfandad, donde volvieron a encontrarse cuando ya Ángel era un pintor conocido y Gerardo sólo soñaba con seguir sus pasos. Tuvo sin embargo que vencer algunas resistencias del hermano mayor que por protegerlo le ofrecía apoyo si estudiaba otra carrera menos azarosa que la pintura y más productiva . Al poco tiempo, con el propio estímulo de Ángel, ya Gerardo estaba estudiando en la Escuela de Bellas Artes en uso de una beca que ganó en mérito al resultado del examen.

«Con Ángel hemos sido hermanos, colegas, amigos, compinches», recuerda Gerardo. Rebelde y travieso, en sus años de estudiante, en lugar de expresar su conformidad estampando su firma, Ángel dibujó unos genitales en el acta de la Escuela de Bellas Artes, como protesta por el mal servicio alimentario que se les prestaba a los becados, gesto irreverente que le significó la expulsión y la interrupción de sus estudios. El eximio caricaturista Málaga Grenet no soportó el desenfado juvenil de una caricatura atrevida.

Con razón recuerda Gerardo una observación de su abuela Carmen: «¿Por qué le pusieron Ángel a este diablo de muchacho?». Contraviniendo la resolución de las autoridades, este Ángel rebelde no dejaría nunca de visitar a sus compañeros para cantarles tangos y boleros. Era la época de la revelación pictórica de Ángel, de los premios, de sus óleos con temas de santos y madonas, de flores, bodegones, desnudos y autorretratos. Años de copiar a los clásicos para poder comer, y de entusiasmo por el expresionismo del francés Georges Rouault y de la técnica académica de Goya y de Ingres. Así nacen Flores negras y Crucifixión. Años de su pasión por el Guernica, de su acercamiento a la pintura mexicana y su devoción especial por José Clemente Orozco y Rufino Tamayo. Años de decantación y perfeccionamiento de su obra que luego alcanzaría su estación de oro.

Un episodio que no se puede dejar de registrar es la pérdida de buena parte de su pintura de aquellos años, a causa de un gran incendio que comprometió el local de la ANEA, donde tenía su taller Ángel Chávez, poco tiempo después de haber ganado el Premio Francisco Laso y cuando la crítica empezaba a descubrirlo como un valor de la plástica latinoamericana.

Gerardo recibiría durante todo este tiempo el magisterio de Ángel, a quien consideró siempre más dotado que él para el arte, más virtuoso. «Lo que a mí me costaba un largo padecimiento –confiesa Gerardo– a él le surgía en la tela con soltura y naturalidad. Manejaba su mano izquierda con maestría y sabiduría excepcionales. Me enseñaba a oler la pintura para saber y conocer la densidad de los colores y la calidad del óleo; a compartir el aroma de la trementina y hasta la textura del lino; las costuras de la tela, las bondades del pelo de marta de los pinceles. Angelito gozaba con cada uno de los materiales que utilizaba, gesto de entrega desinteresada, llena de amor, que compartía con todos».

Al término de sus estudios, la vida los volvería a separar. Gerardo Viaja a Europa en compañía de Tilsa, de Zapata, Basurco, Quintanilla, exiliándose como antes lo hicieran Jorge Piqueras, Sigfrido Laske, Alberto Guzmán. Ángel se quedaría en Lima, demarcándose así en la vida de los hermanos dos caminos diferentes que se reflejarían más tarde de modo definitivo en la obra de cada uno. Ángel, hurgando inmerso en el interior de las raíces de lo nuestro, y Gerardo en una delirante travesía onírica que se enriquece cada vez más con elementos de la realidad, en un afán por aproximarse a las raíces mismas de la naturaleza humana.

Gerardo en Europa pasa de todo, en tanto se preocupa por cimentar su formación artística. Su visita a los museos y su estrecha amistad con Matta le permiten un período de aprendizaje que agradece. Del maestro Matta recibe con prodigalidad consejos, chisguetes y telas. Reconoce que Picasso, Lam y Tamayo lo han ayudado a encontrarse, que son sus fuentes nutricias. Entre los europeos, Goya y Rembrandt. Pero entre los contemporáneos es Picasso el único que lo incendia cuando se siente debilitado y abatido en el acto creador. «Me insunfla energías y me motiva. Considero que Picasso es esencialmente un pintor para pintores». Mario Vargas Llosa señala que el universo de Gerardo Chávez «está poblado por esos seres imprecisos que tienen de pez, de batracio, de espermatozoide y de animal antediluviano, que danzan, luchan, gesticulan y, últimamente, ruedan por geografías húmedas y montañosas». Este universo suyo es tal vez la asimilación de su encuentro con el arte primitivo, con el arte popular africano que también llenó de sugestivas imágenes la retina y la sangre de otros pintores, así como el asombro que experimentara de niño al observar los peces y las aves marinas estilizadas de Chan Chan, y de familiarizarse sus ojos con el arte precolombino. Hasta los trazos que dejan sus pinceles al limpiar los colores en el trapo fueron influyendo en la configuración de estas creaturas extrañas.

Ángel apenas estuvo unos meses recorriendo Europa. No fue a vivir como Gerardo, fue sólo de paso a visitar los museos y a sentir la textura tocando, al primer descuido de los guías, los óleos de los grandes maestros. Necesitaba, como cuenta su hermano Gerardo, ver los cuadros con los ojos de los dedos, acariciar su pintura con amor y respeto. En los museos se diría que quedaron sus pasos, pero que fue en la Casa Rembrandt donde dejaría su corazón.

Años después Ángel crearía su serie denominada «Los pétreos», cuyas figuras lograba con una técnica de empaste mediante el paso de la mano y la espátula, hasta ir modelando el pigmento que le daría una textura de alto relieve. Según Gerardo, «lo nuevo y lo viejo están planteados en lo primitivo rupestre que se percibe y en el tratamiento elaborado de las texturas sobrepuestas, a la manera de una densa veladura». La materia se asemeja a paredes de piedra, calcáreas, erosionadas, oxidadas, corroídas y descascaradas. Pintura de rostros ancestrales, hieráticos, sugeridos a través de la mezcla de azules, ocres, rojos y negros. «Los pétreos» marcan un hito en la historia de la pintura peruana contemporánea y demuestran que Angelito fue un incansable investigador. Su obra fue prolífica, sin embargo se le conocen pocos dibujos al carbón, pues él se entregaba directamente a dibujar con el color. Por algo fue un maestro del rojo, hasta adueñarse de este color, creando el «rojo Chávez». Indudablemente, uno de sus aportes más significativos en la línea de su creatividad estriba en que estableció un puente entre el movimiento indigenista y la concepción moderna de la pintura.

Por su parte, los personajes de Gerardo Chávez van multiplicándose en una aleación de los tres reinos naturales y las diversas piezas mecánicas de los tiempos modernos: ruedas, cañones, tenazas, bicicletas, patines, ganchos metálicos, en una atmósfera nerviosa donde encuentran espacio Eros y Tanatos. La historia de la humanidad se refleja, desde sus orígenes, mediante estas criaturas sobrecogedoras, arraigadas en una conformación humana pero con apariencia galáctica, en constante mutación y movimiento, metamorfoseándose en tallos, algas, anémonas, fibras vegetales, pulpos, langostas, insectos, murciélagos, focas, armaduras, botines, girándulas, en un incesante Big Bang.

Quienes lo conocimos podemos suscribir plenamente el retrato a viva voz que hace de Ángel su hermano Gerardo: «Era alto, atractivo y carismático, grueso como un tronco, con los cabellos desordenados que parecían melena de león. Entusiasta, alegre. Se le recuerda como un gran amigo, particularmente humano y generoso, con enormes aptitudes para la pintura y el canto».

Merecido homenaje le ha rendido Gerardo al crear, reconstruyendo una vjeja casona colonial en Trujillo, el complejo cultural ANGELMIRA. Y es así. Ángel está mirando el Museo del Juguete, el Café Literario, la selecta librería, la Sala de Exposiciones, el Bar de la Tertulia, dando de este modo un aliento celeste a la vida artística de la ciudad. Y recientemente, el gran Museo de Arte Contemporáneo que se levanta como otro de los grandes tesoros artísticos que distingue a la capital norteña.

El afecto que se profesaron en vida los dos hermanos quedó plasmado en dos cuadros singulares. Uno de ellos es el autorretrato en el que Ángel hizo posar a Gerardo para dibujar y pintar las manos. Y el otro es un cuadro de dos caballos, en el que Gerardo pintaría el fondo en el que aparecen los perfiles equinos. Cuadro a dos manos, al alimón, con la izquierda y la derecha, dos manos tocadas por la gracia aérea y misteriosa de la creación. Dos grandes y consagrados de la pintura, dos incesantes universos que no dejan de cautivarnos, por lo que concluimos que en Trujillo no sólo nació Dios sino que nacieron también los Chávez.


Escrito por

Arturo Corcuera

Nació en 1935. Ha publicado, entre otros títulos, Noé delirante ((1963) , Primavera triunfante (1964), Las Sirenas y las estaciones (1976).


Publicado en

Revista de literatura y arte

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